Educación
EDUCACION
La
educación es el mecanismo más natural para el progreso del ser humano y con él,
para su genuina trascendencia, libertad y felicidad.
La
educación también es la mejor forma de poder hacer algo por los otros, de
transformar realidades y mejorar las vidas de quienes nos rodean: la
solidaridad sin educación inevitablemente tiene desvíos y genera frustraciones.
No se puede hacer nada por los otros sin la educación.
La
educación alienta un sano individualismo, propio de la esencia humana, pero
desprovisto de egoísmo. Las pruebas son elocuentes en este sentido: todos los
grandes benefactores de la historia de la humanidad han sido personas altamente
instruidas y profundamente educadas: nadie puede verdaderamente ayudar a otros
desde la ignorancia y la necedad.
Nótese
que en el párrafo anterior deslizamos una diferencia que no es sutil: estar
educado, no significa solamente estar “instruido”. Ambos son conceptos
complementarios y probablemente, a determinada altura de la vida indivisibles,
pero claramente diferentes.
La
instrucción implica la adquisición de conocimientos, la búsqueda del saber que
la humanidad ha acumulado en forma colectiva a lo largo de su historia. La
instrucción implica el abordaje del saber científico y el dominio técnico, un
conocer y saber hacer que resulta indispensable para poder realizarnos
personalmente y ser individuos socialmente útiles, ciudadanos responsables y
activos promotores del progreso de la comunidad.
En las
sociedades modernas, la instrucción está modelizada y formalizada dentro de un
sistema que tiene a la “escuela” como eje de desarrollo. Es deber de los
Estados, derecho de los ciudadanos y responsabilidad ineludible de cada persona
promoverse y promover a sus descendientes hacia niveles crecientes de
instrucción a lo largo de toda su vida, puesto que el saber es un manantial
inagotable para espíritu sediento del progreso.
La
carencia de instrucción brinda como resultado la ignorancia y la ignorancia es
un mal que corroe las más profundas estructuras de la convivencia, la paz y el
orden social. El ser humano que carece de instrucción se convierte en una
criatura bestial, que dilapida su potencial y es fácil presa de sus miserias y
perversiones.
No
existe nada parecido “al ignorante bondadoso” eso es una quimera, una fantasía
que a veces nos gusta contarnos para justificar inequidades sin reconocer
nuestras más profundas frustraciones.
Paro
cuidado!! Tener un alto grado de instrucción no garantiza ni la felicidad
personal, ni la bonhomía y mucho menos el compromiso con el prójimo: un alto
grado de instrucción, no garantiza la verdadera educación.
La
educación en un sentido amplio (y realmente genuino) implica valores, creencias
profundas y el cultivo de una ética personal que armonice con la moral
universal que rescata la esencia del humanismo.
La
educación no implica solamente un saber o un saber hacer, sino que alcanza su
característica más distintiva en la misma esencia del SER.
El SER
humano se define a partir de sus conductas y la forma en que las mismas se
transforman en actos para sí mismo, para quienes los rodean y para el conjunto
del orden social y natural que lo rodea. Son notables los casos de individuos
con altísimos niveles de instrucción que demuestran muy poco es estar verdaderamente
educados (supongo que no soy demasiado original en esto).
Desde
los más altos escalones del “falso saber” pueden edificarse las peores bajezas
y cometerse los actos más ruines.
La
formación del SER, el cultivo de valores humanistas son elementos que pueden
brindarse en la escuela (y debe hacerse ineludiblemente), pero esta tarea es
insuficiente si desde la familia no se inculca desde las etapas más primarias y
se refuerza en todos y cada uno de los planos institucionales en los que el individuo
interviene a lo largo de su vida.
Un
individuo educado no solamente es aquel que ha tenido la posibilidad y se ha
comprometido profundamente con su instrucción permanente, sino aquel que ha
podido interactuar con instituciones que lo han enriquecido y en las que ha
podido plasmar en la práctica los valores cultivados desde la cuna.
Queda
aún reflexionar sobre lo que considero un plano superior de la educación: la
sabiduría (y lo planteo de esta manera a riesgo de saber que seré denostado por
puristas del lenguaje y la filosofía clásica).
La
sabiduría es el plano que alcanza aquel que ha podido descubrir la naturaleza
profunda de las cosas y el verdadero sentido de la vida. Es capaz de entender
la lógica intrínseca que ordena el universo (más allá de connotaciones
religiosas puntuales que puede reconocer o credos que abrace), sin dogmatismos
y con un sentido práctico de búsqueda de un estado de plenitud y paz interior,
sin estridencias ni presunciones.
En el
pensamiento oriental se habla a menudo del “darse cuenta”, de la perfecta
comprensión… Entender nuestra razón de ser y estar en este mundo y ser capaces
de ayudar a otros en ese entendimiento.
Y a
propósito de dogmatismos y a riesgo de caer en uno de ellos, no puedo evitar
transmitirles una convicción al respecto de lo hablado hasta aquí: no conozco
gente realmente feliz, que no haya alcanzado previamente un estado de
sabiduría; tampoco he conocido grandes sabios, que no se encuentren
profundamente educados; y no he encontrado muchas personas educadas, que no se
hayan preocupado por mejorar en forma constante su instrucción (más allá de
formalidades y estructuras)… Seguramente habrá muchas excepciones, pero me temo
que no hay caminos más evidentes que los que se han enunciado.

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