REPUBLICA







 

Creo que es indispensable que en una sociedad se instale la convicción acerca del beneficio de la discusión política como elemento transformador en sí mismo.

 

Me parece importante, en este sentido,  compartir algunas reflexiones sobre el real significado de algunas palabras y su impacto sobre nuestras creencias y convicciones, sin que esto signifique necesariamente un debate sectorial, sino, en todo caso una contribución al tendido de un necesario “cable a tierra” que creo que vastos sectores de nuestra población están necesitando.

 

Con esta pretensión en mente pido de antemano perdón al sufrido lector por lo que probablemente se constituya en una desmedida extensión en esta crónica (al menos, para la vorágine de estos tiempos digitales).

 

En última instancia, y más allá que pueda coincidirse o no con alguno de mis pareceres, no estará de más buscar en el sentido cada una de las palabras expuestas, en beneficio del propio progreso emocional y la superación intelectual (tanto de aquel que coincide como del que no): recordemos que, en definitiva, como lo ha probado la moderna ciencia de la biología evolutiva, es a partir de la “palabra” y de la complejidad de nuestro sistema linguistico como el homo sapiens ha adquirido sus principales rasgos de “humanidad” (debo confesarles que siempre pensé que la guturalidad de la consigna vacía siempre la asocie con una naturaleza bastante primitiva).

 

Dejando de lado entonces los clásicos “gritos de guerra” del momento y las enunciaciones ambiguas respectos de “modelos”, “proyectos”, etc. me gustaría reflexionar primeramente sobre los FUNDAMENTOS de un sistema político.

 

La expresión “fundamento” puede asociarse a dos grandes ideas: por un lado, la idea de “principio” o esencia de algo; y, directamente ligado con esto el aspecto “fundacional” o lo que da origen a algo. Hablar de un “sistema político” es referirnos a un “ordenamiento integral acerca de la forma en que vamos a distribuir el poder dentro de un agregado social, que en el caso del Estado, se refiere generalmente a la forma de gobierno a adoptar” (Spencer, 2003).

 

Si me permiten utilizar una metáfora a partir de estas primeras definiciones: los “fundamentos” son algo así como los cimientos de una construcción: sobre ellos se edifica. La construcción política (generada a partir de modelos, proyectos, estrategias, acciones, alianzas, coaliciones, etc.) solamente puede sostenerse sobre cimientos sólidos, de lo contrario no hay nada que se pueda mantener en el tiempo. En otras palabras: si los fundamentos no están claros o si no nos preocupamos por ellos, toda construcción es ficticia.

 

¿Más claro todavía?: Hay principios que no pueden negociarse, modelos y proyectos son subsidiarios a ellos (o simplemente son farsas discursivas).

 

El problema cuando hablamos de los FUNDAMENTOS de un sistema político, es que muchas veces nos parecen demasiado elementales o como que son cosas obvias que están sobre entendidas. Lamentablemente, la historia nos enseña que son muy pocos los casos y momentos en los que podemos aseverar esto con un cierto grado de certeza.

 

Otro obstáculo con el que nos encontramos (o por lo menos una necesidad imperiosa de explicitar), es que cuando hablamos de fundamentos o de principios, no hay otra cosa que una “creencia” en el medio y una práctica contextualizada de lo que esa creencia representa. Es decir, no se puede refutar en forma científica una creencia, en todo caso, podemos hablar de sentires y de realidades vividas.

 

Confesas estas limitaciones, debo entonces expresar lo que a mi criterio debe constituirse en el fundamento primordial de cualquier sistema político moderno: la idea de REPUBLICA.

 

Inspirado en la tradición de la Grecia clásica, el concepto de “república” ha evolucionado junto con el desarrollo de la humanidad, se nutrió de las ideas libertarias del S. XVIII  y se perfeccionó al abrigo de las democracias emergentes de los grandes conflictos bélicos del siglo pasado.

 

A veces tendemos a perder de vista el significado de lo que representa la idea de REPUBLICA: ante todo el imperio de la ley y la igualdad de todos los hombres frente a ella como principio ordenador, el respeto y la tolerancia hacia las ideas opuestas como esencia moral y principios prácticos de ejercicio político tales como la separación y control de los poderes públicos, la periodicidad de los cargos, la idoneidad como mecanismo de acceso a la función pública y la ineludible responsabilidad del funcionario sobre su gestión y sus actos… ¿No parece poco, no?

 

De ahí para arriba podemos discutir sobre lo que quieran, por debajo… nunca.

 

Probablemente, si buscamos la antinomia del concepto de REPUBLICA (a muchos les encanta el proceso dialectico que representa la permanente recreación de contradicciones), el concepto más representativo es el de DICTADURA, palabra de tristes connotaciones contemporáneas, a las que desde ya no queremos asociar a nadie, sino simplemente describir en su esencia.

 

La “dictadura” era una institución de la República Romana (que a propósito, mantuvo su vigencia durante más de 500 años, muchísimo más que cualquier sistema político moderno): en un complejo tramado de instituciones, estaba previsto que en casos de extrema emergencia, en situaciones de guerra o de alta conmoción exterior, se suprimía la división de poderes del estado, creándose un gobierno unipersonal con un poder total y con la facultad de promulgar y modificar leyes a voluntad (de allí la expresión “dictador”, literalmente, quien “dicta las leyes”).

 

Estamos acostumbrados a asociar la palabra dictadura, con el totalitarismo, con la violencia, con el terrorismo de estado y lamentablemente, ese ha sido el signo adoptado por los “dictadores” de la última centuria, pero esa no es necesariamente el carácter de la dictadura: la misma puede darse en el marco de un sistema representativo y democrático, cuando el mismo de deforma en función de los intereses de grupos de poder o de circunstanciales mayorías que mantienen una apariencia republicana, pero una práctica esencialmente dictatorial. Pero volvamos a los romanos…

 

Muy sabios, como han demostrado ser en numerosos aspectos de la “cosa pública” y del manejo del Estado (no en vano, son considerados los verdaderos “padres” del Derecho), los romanos temían que los dictadores hicieran abuso de su poder, por lo que limitaban su función a un periodo de seis meses.

 

Cuando un dictador, trataba de prolongar su mandato como tal, se decía (en esto, inspirados en la tradición de la Grecia clásica) que se estaba gestando una TIRANIA.

 

La etimología del término “tirano”, bien podría asociarse con la de “amo” o “superior”. Un tirano, es aquel que trata de construir un poder absoluto, sin sujetarse a las leyes, abusando de los recursos que le brinda el Estado, en un modelo de Gobierno unipersonal o en todo caso sustentado en afines o familiares.

 

La tiranía, que tampoco tiene que ser violenta o ilegal en su origen, es una deformación del uso del poder público que sojuzga la esencia natural del género humano, que es el valor de su libertad. Ese es el verdadero “desgobierno” cuando hablamos de una Nación…

 

Un gobernante, aún dentro de un sistema formalmente republicano, se convierte en dictador y probablemente en algún momento en tirano, por dos grandes caminos alternativos: uno de ellos, es la violencia organizada contra el pueblo, a través del uso ruin de los poderes del Estado, el otro, tal vez más sutil, es lo que Aristóteles consideraba la corrupción de la democracia, pero que bien podríamos catalogarlo como la estrategia que sistemáticamente tratan de seguir algunos dirigentes corruptos (la culpa no es del sistema, si no de quienes operan el mismo): lo que llamamos DEMAGOGIA.

 

En términos de la práctica política, la demagogia de define como “el empleo de halagos, falsas promesas que son populares pero inaplicables y otros instrumentos, destinados a seducir al pueblo y convertirlo en un instrumento para sustentar el poder de un grupo dominante” (Hardt, 2005).

 

Es muy interesante repasar cuales (siguiendo al autor citado), son las prácticas más comunes de los demagogos:

-       La falacia

-       La manipulación del significado de los términos

-       Las omisiones u ocultación de información pública

-       La redefinición del lenguaje

-       Las estadísticas fuera de contexto

-       La demonización del adversario

-       La creación de falsos dilemas

 

Las prácticas demagógicas, que van corrompiendo los cimientos de la república y sus valores, se apoyan en la construcción de un indispensable soporte cultural el MESIANISMO.

 

Ser “mesiánico” (que no es ser admirador de Messi), significa incorporar la idea que los destinos de un determinado cuerpo social (comunidad, nación) dependen de la inspiración de una persona (una suerte de elegido, salvador o “mesías”) que es irremplazable en su rol, abnegado y sacrificado por su pueblo y a quien por supuesto, se le debe absolutamente todo progreso, siendo el único responsable del mismo y a quien por supuesto, se le debe obediencia y devoción. El objeto del mesianismo, puede ser simbólico (recordemos la idea de Orwell sobre el “gran hermano”): el partido, el movimiento, la causa, etc. o bien puede corporizarse en un liderazgo vigente o inclusive desaparecido (los seres humanos somos bastante necrófilos, lamentablemente).

 

Oportunistas, mediocres y mesiánicos, marchan muchas veces como tropa rampante

de futuros tiranos…

 

Por favor, discutamos de política en serio: preservemos la fé republicana

 

Me despido, recordando una conocida frase de Mariano Moreno:

“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si el hombre no sabe los que puede y se le debe… Nuevas ilusiones sobrevendrán a las antiguas y después de vagar algún tiempo, entre mil incertidumbres, tal vez sea su suerte mudar de tirano, sin vencer la tiranía”

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