FANATISMO


 







Cualquiera fuera su “causa” y los propósitos que de ella se deriven, nunca un buen líder debe permitir que sus seguidores se conviertan en fanáticos, pues eso será corrosivo para todos e invalidará la esencia misma de la “causa”.

Todo propósito superior es capaz de movilizar grandes voluntades y es necesario que el líder sea capaz de encarnar el mismo en su pensamiento y acción para servir como ejemplo.

Pero una cosa es el compromiso y la identificación y otra es el fanatismo (a veces el borde es demasiado estrecho y es fácil cruzarlo)

Todo fanatismo generalmente alguna vez fue una buena causa, hasta que paso el umbral de la razón y se convirtió en obsesión.

El fanático es aquel que cree que su “causa” es la única importante del mundo, algo que está por encima de cualquier otra problemática y frente a lo cual todo se empequeñece. Luego, quien no comparte esta mirada, pasa a ser una suerte de “ser inferior” (por incapacidad o malicia) y, por supuesto, quien tiene una posición distinta sobre el tema que lo ocupa, se convierte lisa y llanamente en su enemigo… Esto último es perfectamente funcional al fanático, pues en su lógica de construcción, siempre necesita un enemigo (y cuando más grande y poderoso lo albergue en su fantasía, mejor aún) para validar sus creencias y reconocerse a sí mismo como individuo.

Para justificar su distanciamiento de los otros y sentirse cómodo repudiando normas mínimas de convivencia, el fanático construye un discurso en el que se adjudica una superioridad intelectual o moral sobre los otros que no piensan como él, que pasan a ser tontos o canallas (o mejor todavía, ambas cosas).

Se vanagloria de su desubicación, pues se cree algo así como un héroe o parte de un colectivo indiferenciado en el que siente representadas sus más profundas convicciones. Las batallas contra sus propios fantasmas y el aislamiento que él mismo se provoca del mundo real, termina convirtiéndolo al fin en una persona resentida envenenada por las frustraciones que él mismo ha alimentado, peligroso para su entorno y para sí mismo.

Voltaire decía que “cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”

Muchos ruines y oportunistas (o simplemente mediocres) que pretenden construir un liderazgo sostenible, muchas veces tratan de alimentar el fanatismo y valerse de él, pero la historia ha demostrado que nada bueno prospera de ello y que inevitablemente acabará devorado por el propio monstruo que alimentó.

 


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