La fragilidad de la democracia


 







El peligro de minimizar la precariedad de un sistema

 

La historia ha probado que la democracia es sin dudas el sistema político que mejor permite la plena realización de las aspiraciones del ser humano en su vida en sociedad. Y como un componente casi indivisible de ella la posibilidad de organizar el Estado desde una perspectiva republicana que garantice el equilibrio de poder entre sectores y grupos de poder.

 

El ser humano transita por esta vida en permanente tensión con sus propias contradicciones de origen: la idea de la propia supervivencia y progreso junto a la de una ineludible necesidad de cooperación con sus semejantes para que esa idea de prosperidad sea sostenible en el tiempo.

 

Los órdenes jurídicos propios de un sistema republicano se constituyen en la garantía de no avasallamiento son la base de la construcción de los consensos necesarios para que los intereses sectoriales puedan encontrar su legítimo espacio de validación sin atentar por ello a una mínima base de bienestar colectivo.

 

La democracia, como sistema de gobierno, permite a su vez que cada sector pueda obtener una participación activa según su representatividad social y asegurar una periodicidad que responda a la dinámica natural que esas representatividades puedan tener en función de las transformaciones del entorno.

 

Democracia republicana, democracia liberal, democracia “burguesa” como peyorativamente muchos las descalifican es el sistema que ha guiado el progreso de la humanidad (con sus lógicos avances y retrocesos) durante los últimos tres siglos.

 

Hoy día, un convulsionado mundo parece por momentos haber perdido de vista la medida es que cuestiones elementales de este “imperfecto, pero perfectible” sistema y en forma  más o menos explícita surgen críticas que muchas veces enmascaran propuestas claramente totalitarias que implicarían un retroceso en conquistas elementales obtenidas en estos procesos históricos.

 

Frente a eso, también observamos como desde la pasividad y hasta un cierto desinterés muchos sectores de la sociedad mundial miran “desde lejos” algunos de estos fenómenos como simples espectadores, tal vez dando por sentado que hay determinados valores (la libertad, como el más preciado de todos ellos) que aparecen claramente amenazados, probablemente inmersos en el espejismo de creer que hay cosas que no admitirían una vuelta atrás.

 

Este es el peligro más grande que puede afrontar una sociedad: imaginar que una conquista tan elemental como la libertad individual y el sistema que por naturaleza la proteje es algo totalmente estabilizado e incuestionable.

 

Menudo riesgo el de no reconocer que la historia de la humanidad es en buena medida la historia del sojuzgamiento y la pretensión de unos pocos de imponer sus intereses a partir del dominio sobre los otros.

 

No tiene tanta importancia en esto los medios de los que circunstancialmente se valen: la violencia o el “canto de la sirena” tiene en definitiva como consecuencia lo mismo: que al ciudadano común se le escurra como arena entre sus dedos la posibilidad de vivir bajo parámetros sociales que tenía por seguros y consolidados. Esa es la verdadera amenaza del presente: encontrarnos en un momento sin aquello que tan elemental resultaba para nuestras vidas, sencillamente porque “no lo vimos vivir”.

 

Hoy día, detrás del acaramelado discurso de muchos falsos líderes se esconde la ignominia y el cinismo (o lisa y llanamente el fanatismo dogmático) de quienes bajo un maquillaje nuevo siguen albergando los sueños autoritarios de siempre.

 

Toda la historia de la humanidad también puede leerse en estos términos: la reivindicación de lo más elemental del deseo humano: la autodeterminación personal y la búsqueda del progreso en irreconciliable antinomia con la pretensión totalitaria y mesiánica. Tal vez cambien los modos, pero no el sustrato. Eso en definitiva tiene que ver con el tono de la época.

 

Si miramos el mundo contemporáneo y sustraemos de nuestro análisis los escasos bolsones que perviven de modelos totalitarios tradicionales, vemos que dentro del campo de aquellos que proclaman los “los beneficios de la libertad” como algo esencial del ser humano, también se debate esta antinomia.

 

La misma ya no puede analizarse en los términos tradicionales de la política y la teoría de los Estados modernos: la discusión ya no pasa por la forma que se accede al poder, sino por cómo se concibe el ejercicio del mismo: la democracia representativa, el republicanismo y los valores de la verdadera participación social se ensombrece frente a un enemigo nacido de su mismo seno: un nuevo concepto de “autocracia electiva” que se constituye en el nuevo rostro de la opresión detrás de una edulcorada apelación a la vaga idea de lo “popular”.

 

Es necesario, como nunca antes, que nos refugiemos en la posibilidad de utilizar nuestro pensamiento crítico y la capacidad de reflexión entendiendo que el mundo moderno nos exige alzar nuestra voz cuando aquello que imaginamos inmutable se encuentra claramente bajo la amenaza de ser corrompido sin que tomemos conciencia de ello hasta que es demasiado tarde.  

 


Comentarios

  1. Parece muy claro y acertado que el ideal del sistema de la república democrática ha sido adoptado por casi todo el mundo como aporte a la búsqueda de equilibrio y de justicia. Sin embargo varios son los ejemplos de pueblos que han caído bajo el yugo de dictadores populistas que han contrariado su propia prédica instalando regímenes de tipo dictatorial, distorsionando la democracia que los instaló o aprovechando el derrocar a su predecesor en el poder por ser dictatorial y terminan por ser déspotas totalitarios como en Haití, Cuba o Venezuela en América, para no mencionar a los Idi Amin Dada de Africa y otros continentes. Pero resulta que la ignorancia de la gente engañada abre las puertas a la violación de las garantías que nos ofrece la Constitución. Es lo que nos está amenazando en este momento.🤔

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