Libertad









La libertad es el valor supremo del ser humano y aquel que define su misma esencia: todo aquel que renuncia a ella, deja de lado una parte de su humanidad reduciéndose a un nivel inferior inclusive al de la más tosca de las bestias.

 La libertad se encuentra arraigada en lo más profundo de nuestro ser y es a partir de nuestro pensamiento donde es capaz de romper cualquier cadena: nadie es genuinamente esclavo de otro si interiormente no se siente así.

 “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma” escribía William Henley y representaba en esos versos la esencia de la verdadera libertad individual: la libertad de conciencia, madre de todas las otras libertades que nos hacen sentir dignos.

 La libertad implica la autonomía del ser, el hacer y el proceder, lo que nos recuerda que es indivisible de la responsabilidad indelegable que asumimos en cada uno de nuestros actos. No existe libertad sin restricciones, pero cada una de ellas son las que nosotros mismos aceptamos y nos proponemos en el marco de nuestra ética individual.

 La verdadera libertad es incondicional, porque aún frente a los peores obstáculos y restricciones, aún frente a los sucesos más limitantes que no fuera posible alterar igualmente seguiremos teniendo infinitas posibilidades de acción y caminos por recorrer: nadie nos condiciona nuestros pensamientos si nosotros no lo permitimos. Y debemos saber que toda idea que se sostiene con firmeza, tarde o temprano se convierte en acción si no renunciamos a ella.

 La verdadera libertad no debe confundirse con una falsa idea de independencia: nadie puede ser independiente si aspira a vivir en comunidad (y eso también forma parte de la esencia humana): todos somos interdependientes cuando aceptamos convivir con otros y aceptar las reglas que ello implica. Libertad no es en modo alguno “hacer lo que uno quiere en cada momento”, pero decididamente es ser libre poder aceptar por propia voluntad el genuino derecho de ser libre por parte de otros y construir consensos indispensables para un terreno común.

 Los autócratas odian la libertad: se embeben del dominio sobre otros para resguardar su ego enfermizo y saben que solamente lograrán su propósito anulando la individualidad y la libre conciencia, por eso disfrazan su discurso detrás de falsas interpretaciones sobre “el bien común” o el sentido de lo popular (si hay algo que es contrario a la misma idea de libertad es la “masa”).

 Pero la historia ha sido implacable en demostrar sus lastimosos fracasos y me permito anticipar la incesante repetición de estos ciclos inmemoriales hacia las generaciones futuras, como aquel que trata de detener un torrente con el cuenco de sus manos, no podrá frenarse el poder de la consciencia humana, aquel que alimenta su vida misma.

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